martes, 3 de marzo de 2026

AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO - CAPITULO II - ADELA

 

 

 

CAPÍTULO  II

 

ADELA

 

 

“Entre el bullicio de un pueblo marinero,

alguien que, para el foráneo, pasa inadvertido,

está muy presente en la vida de los paisanos de la villa de Vigo.

Ella mira al mar, al cielo y a las aves”.

 


    Arribando a la costa, Nino podía ver a su derecha el convento de San Francisco y en la margen izquierda el mar besando los roquedales en los que se alzaba la parte de la muralla que daba al litoral y rodeaba la villa de Vigo. En los días de mar brava, era posible contemplar las olas batiendo contra las recias piedras de los muros. Poco a poco, la dorna fue enfilando su proa hacia la playa que era antesala de los soportales de las casas marineras de la Ribera del Berbés, donde los hombres del mar aprovechaban las postreras luces del día para realizar sus últimas tareas y las mujeres apuraban el trabajo con las redes, mientras una multitud de gaviotas y algunos cuervos daban cuenta de los desperdicios que quedaban de la lonja que había tenido lugar durante la jornada. Muchas embarcaciones de diferentes tamaños y velamen se amontonaban en las orillas de la playa de la Ribera del Berbés. Cuando estaban a pocos metros de la costa ya llegaba hasta Nino el olor fuerte que desprendían los abundantes restos de pescado crudo y de la salazón, mezclado con el olor a madera y brea de las embarcaciones. Un aroma familiar, entrañable, que provoca en el alma sensaciones indescriptibles, sólo entendidas por aquellos que hemos crecido en una tierra marinera. Una vez en la orilla, el muchacho se despedía de Xoán y el Pesco. Aquel atardecer estaba muy contento; no todos los días se capturaba un pulpo de diez kilos, y para él era el primero de ese tamaño.

   En el umbral de una de las casas más pequeñas de la zona, situada antes de la cuesta que subía al Convento de San Francisco, estaba siempre Adela, una anciana vestida de negro, que observaba el discurrir de la vida con sus pequeños ojos grises y tenía el hábito de contemplar el cielo. Cuando Nino y los marineros se hacían a la mar por la mañana, ya ella estaba allí, sentada en una pequeña silla de madera, con su menudo cuerpo encorvado castigado por los años; pasaba las horas sin hablar, observando las aves que sobrevolaban las aguas. Una vez anochecía, dejaba la silla y, caminando con lentos e indecisos pasos, renqueante, salvaba la distancia de pocos metros que la separaba de su humilde cama. Cuando comenzaba a despuntar el alba, volvía de nuevo a su silla de madera que, muy probablemente, tenía tantos años como ella. Y así, día tras día, hiciese frío o calor, embozada en sus negras prendas; con el único auxilio de un paraguas tan negro como sus vestimentas cuando la lluvia caía sobre Vigo. Marineros, pescantinas y demás gentes que andaban de un lado a otro del Berbés, pasaban junto a ella percibiéndola como al viejo cruceiro o el árbol centenario; ya que, Adela, al igual que  ellos, era parte del paisaje diario.

    Como siempre que regresaba de la mar, Nino puso en el regazo de la anciana parte de sus capturas. En esta ocasión dos huevos y una nécora. La anciana comenzó a hablar con lentitud, suavidad y unos silencios largos entre cada frase.

    -¿Qué tal tu abuelo?

    -Como siempre, con sus historias antiguas.

    -Ese hombre ha vivido mucho, Nino.

    -Lo sé, Adela.

    -Es un pozo de sabiduría.

    -Algún día me gustaría salir fuera de Vigo y vivir tanto como él.

    -Bueno, por ahora confórmate con esta libertad que tienes. Ningún niño de tu edad y condición es tan libre como tú. Tienes suerte de haber nacido en esa familia.

    -Lo sé, Adela. Por eso temo que se acabe.

    -Sigues sin querer trabajar en la carpintería de tu padre.

    -No me gusta nada. Lo mío es estar al aire libre. Ya sabes…

    -Ya, ya. ¡Ay, pequeño Nino! ¿Y de amores, qué?

    -Pero, Adela…                                          

    -¡Anda, anda! Que bien sé yo que estas ya en edad de enamoriscarte.

    -Bueno… pero… eso es… ¡privado!

    -Privado, dices. Pero si se te nota en la cara.

    -¿De verdad, se me nota?

    - Pues claro.

    -Espero que ella no se dé cuenta…

    -No te preocupes; sólo me doy cuenta yo, que soy muy vieja y vivida.

    -¿Y tú?

    -Querido Nino; el drama de cumplir años es que el cuerpo envejece, pero el corazón, a veces, no.

    -Pues sí que es dramático.

    -Y tanto. Ama todo lo que puedas, que, si el tiempo te permite llegar a mi edad, un día te verás como yo, sentado con los huesos doloridos, sin posibilidad de más.

    -¿Conociste a mi abuelo cuando era joven?

    -Y tanto que lo conocí. Me parece estar viéndolo ahí en la playa del Berbés, con el torso desnudo, como un coloso; mientras los demás llevaban una caja o un barril, él llevaba dos, uno en cada hombro. Era un portento de la naturaleza.

    -¡Caray; cómo me gustaría haberlo conocido así, joven!

    -Bueno, aún se conserva bastante bien. Otros de su edad, o están en el camposanto o andan encorvados y renqueantes. Pero, lo que más me ha admirado siempre de Timón es su nobleza; la lealtad hacia su gente. Por eso todos lo respetaban y siguen respetando. Bueno, por eso, y porque tenía una fuerza descomunal. Pequeño Nino, los grandes hombres suelen ser nobles. Eso no quiere decir que los malos no tengan cualidades. Lamentablemente, más de un malo es demasiado listo. Pero hay algo en la gente como Timón difícil de explicar. Gente por otro lado que escasea mucho.

    -Adela, ¿tú tienes miedo a morir?

    -¿Por qué? No.

    -Porque, al ser vieja ya estás más cerca de la muerte.

    -Bueno, nunca sabemos lo cerca que estamos de la muerte. Una vez naces, puedes morir en cualquier momento.

    -Eso es verdad.

    -¿Has visto brillar el plumaje de un cuervo bajo los rayos del sol? No hay nada más bello ni más siniestro, pequeño Nino.

    -La Bruja de Samil dice que manda sobre ellos y sobre otros animales del bosque.

    -Aléjate de esa mujer. Desde que tengo uso de razón la recuerdo así, joven y bella. Cuando de moza iba a la playa de Samil, la veía observándonos desde la atalaya cercana a la desembocadura del río Lagares; seria, con sus cabellos rubios al viento. Los hombres quedaban fascinados; pero ninguno se atrevía a decirle nada.

    -Algunos jóvenes de la villa presumen de haber yacido con ella.

    -No hagas caso a lo que dicen los hombres, y menos cuando están en grupo; la mayoría suelen fardar más de la cuenta. Ya sabes, a cabra sempre tira ao monte. Hablan de la mujer como carne. Parece que no tuviesen madre, abuelas o hermanas. Respeto, Nino. Debes respetar a las mujeres. Mira esas pescantinas con sus patelas llenas de peixe; fuertes, sabedoras de su oficio; y qué me dices de aquellas, sentadas en la húmeda piedra, que pasan las horas reparando las redes; y esas otras mariscadoras. ¿Qué sería del sustento de la villa sin esas mujeres? Y no te olvides de las que trabajan las tierras.

    -Yo sé, Adela, que las mujeres son muy importantes. Siempre las respeto. Mi madre María me ha enseñado a ser cuidadoso con las mujeres.

    -Además, Nino, piensa que un día conocerás a una mujer y formarás una familia. Si la respetas, la tienes en valor y cuidas la relación; serás feliz y tendrás una vida divertida y plena. 

    ¿Pero qué te pasa? ¿Estás colorado? Tú ya le has echado el ojo a alguna. No quieres hablar de ello. Tranquilo. Eres todavía muy joven. Eres un chaval inteligente. Aprovecha la vida.

    Adela quedó un buen rato en silencio; como meditando. Después, su voz sonó profunda y misteriosa.

    -Hoy he visto el alcatraz. Como todas las primaveras vuela hacia el Norte. Cuando llegue el otoño lo volverá a hacer hacia el Sur.

    Nino no dejaba de asombrarse contemplando aquella anciana tan observadora, envuelta en su negra toquilla y pañoleta, a la que apenas le se veía la nariz afilada, los diminutos ojos y un mechón de cabellos grises cayendo sobre la arrugada frente.

    -Las tórtolas han llegado. Es tiempo de amores.

    Adela pasaba los días observando las aves. “En ellas –decía- está el futuro”. Lo cierto es que nadie le hacía mucho caso. Sólo Nino la escuchaba en silencio.

    El plumaje negro de un gigantesco cuervo adquiría destellos metálicos en el atardecer del muelle. Disputaba los restos de pescado a una gaviota. Una numerosa bandada de cuervos sobrevolaba la zona.

    -Este año, pequeño Nino, os corvos son más que nunca. Mal presagio. Sus fuertes picos quieren destronar a las gaviotas de su feudo.

    Las siniestras y premonitorias palabras de la anciana provocaron en Nino un desasosiego creciente. La mujer giró con lentitud la cabeza y clavó los pequeños ojos grises en el muchacho.

    -Presta mucha atención, porque las gráciles lavanderas han dejado de verse por las orillas del mar y las golondrinas no han llegado para criar esta primavera bajo los tejados de las iglesias. Algo muy duro va a suceder, y tú serás testigo de ello. Cuida el pellejo. Algún día la historia hablará de este pueblo. Los días que vienen serán duros; muy duros.

    Adela extendió con lentitud el brazo y, con la mano castigada por la artrosis, acarició la mejilla de Nino. Después continuó mirando al cielo.

     

Imagen de principios del siglo XXI. 
Vestigios de las casas marineras y los soportales del barrio del Berbés.
 


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