viernes, 27 de febrero de 2026

AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO - CAPITULO I - NINO

 

I

EN LA VILLA DE VIGO

     “Más de doscientos años atrás; cuando Vigo era un pueblo ubicado en la falda de una colina; villa con calles en pendiente, estrechas y tortuosas; casas pequeñas, enlucidas con cal; fortificada por una muralla con seis puertas; un lugar besado por una ría, pleno de vida en sus aguas, en sus montes, en su cielo.”

 

CAPÍTULO   I

 

NINO

 

“Creció nadando en las frías aguas,

escalando las graníticas rocas litorales,

pisando con sus pies descalzos las arenas de solitarias playas”.

 


     En la más septentrional de las Islas Cíes, por su cara norte, allí donde la verticalidad de los acantilados hace imposible el recorrido para ningún humano y un poderoso Océano Atlántico desata sus iras en los días de tormenta y mar brava hiriendo las graníticas moles isleñas que surgen de las aguas y abriendo cada día un poco más el corazón de las profundas furnas, gigantescas cavernas en las entrañas del duro granito; Nino se movía con soltura y agilidad pasmosas. Sus miembros largos alcanzaban los salientes y sus huesudas manos y anchos pies se asían a las ásperas piedras con inusitada facilidad. Con el pantalón gris remangado por encima de los tobillos y la camisa blanca sucia y hecha jirones, Nino se mimetizaba con el entorno como si fuese parte de las rocas. Quien hubiese podido contemplar un muchacho de doce años desafiando al vacío en aquella sierra de laderas verticales, sin duda no habría dado crédito a la escena. Pero, para Nino era algo habitual. Finalizando abril, con la llegada de la primavera, por la mañana temprano salía del puerto de Vigo la dorna de Xoán y el Pesco, dos curtidos marineros. El primero era alto y desgarbado; de su estrecho tronco con el pecho hundido salían dos largos brazos dibujados con abultadas venas que remataban en unas gigantescas y huesudas manos; los pequeños ojos grises, una larga nariz aguileña y el fino pelo blanco que le caía por la frente, dejaban entrever un carácter huraño y reservado. El Pesco era todo lo contrario; su metro sesenta y cuatro parecía mucho menos, debido a los anchos hombros y las cortas extremidades de poderosos bíceps; asomaba por su camisa una espesa mata de pelo que cubría su pecho, y protegía su monda cabeza de las inclemencias del tiempo con una gorra que, decía, era herencia de su padre; de carácter abierto, lucía en su rostro una barba rubia muy cuidada; sus ojos eran grandes y azules, de mirada analítica y limpia.   

    Los dos marineros desplegaban la vela latina de su dorna y navegaban las ocho millas náuticas[1] que separaban el barrio del Berbés en Vigo de las Islas Cíes. Una vez allí, dejaban al joven Nino en la playa de arenas blancas y aguas cristalinas de Rodas, que unía la Isla del Norte[2] con la Isla del Medio[3], mientras ellos se dedicaban a pescar. El muchacho iniciaba entonces un largo recorrido, primero por la cara este que mira al interior de la ría, con suaves pendientes, para luego afrontar con sus pies descalzos zonas donde crecían enormes silvas y tojos, soportando los mosquitos y los amenazantes vuelos de las gaviotas sobre su cabeza. Una vez alcanzada la cima, se descolgaba por los acantilados como un asaltante entre la multitud de nidos que las gaviotas patiamarillas poseían al borde del abismo. Así, poco a poco, iba llenando su zurrón, siempre respetando el equilibrio; de los tres huevos que suelen poner las gaviotas, Nino cogía uno; de la eclosión de los huevos que quedaban y el desarrollo posterior de las aves, dependía la siguiente primavera. Sin embargo, jamás cogía huevos de los nidos de los araos; él sabía muy bien que los araos sólo ponían un huevo, como máximo dos. De vez en cuando hacía un alto en el camino y se sentaba al borde de un saliente para observar como un halcón peregrino en un vertiginoso picado abatía en pleno vuelo a un vencejo. Por unos instantes sentía pena por la pobre víctima venida desde tierras africanas en un largo viaje para acabar en las garras del hábil cazador. En otras ocasiones, sus grandes ojos verdes seguían las inmersiones de los cormoranes moñudos en las salvajes aguas, para verlos después salir del líquido elemento con un pez en el pico. El Pesco le había contado, que su abuelo estuviera en China, y allí le enseñaran los nativos como amaestrar cormoranes para la pesca. El marino solía decir, abriendo sus grandes ojos azules: “Mi abuelo tenía un corvo mariño que pescaba para él”. Después de un descanso, Nino proseguía su aventura por las zonas más peligrosas y descendía a las cavernas marinas de hasta quince metros de altura y treinta de profundidad, donde hacen sus nidos de algas los cormoranes, habitadas por cientos de murciélagos. Con frecuencia, lo inaccesible de los lugares le obligaba a lanzarse al agua para poder penetrar en las negras cavidades. Nino era un excelente nadador y nada le asustaba; el mejor de la Ría de Vigo. Cualquiera de las tres islas era objeto de sus exploraciones; e incluso los islotes de difícil acceso para las embarcaciones y extremadamente peligrosos para la navegación; desde los más grandes donde habitaban diversidad de plantas como los helechos marinos, el armuelle, la malva, la cárdena y otras; hasta los pequeños carentes de vegetación. Al final del día volvía a la Isla del Norte, entonces se guiaba por su olfato para detectar el olor fuerte y penetrante de la planta camariña, y recolectaba las hojas y las bayas blancas que su madre empleaba como remedio para las fiebres y las lombrices. Cuando acababa su trabajo antes de lo previsto, bajaba hasta el lago que se forma entre la Isla Norte y la Isla del Medio; allí, en las aguas de mayor salinidad, calientes por el sol de primavera, flotaba sin esfuerzo y se relajaba. Después, aún tenía ánimo para capturar algunas nécoras y almejas; y si no divisaba la dorna de sus amigos, tomaba un pequeño palo con el que, sacándole punta con la navaja, improvisaba un rudimentario arpón para atrapar algún mújel, maragota o lenguado. En ocasiones se aventuraba Nino a la Isla Sur[4]. No era la primera vez que nadaba los quinientos metros de canal que separan esta isla de las otras.

    Aquel atardecer de finales de abril de 1808, Nino esperaba en la playa de Rodas a Xoán y el Pesco. Tenía en su zurrón, una vez desechado alguno que debido a lo complicado de la aventura solía romperse, un buen número de huevos; además de un mújel y cuatro nécoras. En vista de la tardanza de sus amigos, decidió que el momento era bueno para intentar capturar un pulpo; la marea alta y el buen tiempo ayudarían en la labor. Sacando un grueso cordel del bolsillo y agarrando a su extremo la más pequeña de las nécoras que había capturado, se dirigió a un  grupo de rocas cubiertas por una amplia banda gris oscura a causa de las algas y varios racimos de mejillones que Nino no dudó en arrancar e incorporar al zurrón. Introdujo el grueso cordel en el agua con la nécora atada a su extremo y lo fue hundiendo entre las algas laminarias de colores pardos, a las que la luz daba matices rojos y verde azulados. A veinte metros del lugar donde estaba se movían por el fondo arenoso las pintarrojas, llamadas perros de mar o peces lija; cortaban las cristalinas aguas con sus aletas pectorales en forma de alas de avión, su morro afilado y el cuerpo de huso hidrodinámico que ofrecía menor resistencia al líquido elemento. Nino estuvo un buen rato hasta que un pulpo salió de su escondite y se abalanzó sobre la nécora. Al sentir el movimiento, Nino comenzó a tirar con fuerza. Finalmente, después de una enconada lucha, consiguió sacar el pulpo de las aguas; pero el animal estaba dispuesto a vender muy caro su pellejo. Cuando Xoán y el Pesco arribaron al arenal y vieron la escena de Nino intentando liberarse de los tentáculos del pulpo de al menos diez kilos, rompieron a reír. 

    -¡Te atrapó, pequeñajo! –la risa del Pesco era abaritonada, como de galán de zarzuela. Mientras Xoán se reía entre dientes. Lentamente, balanceada por las olas, la dorna se fue acercando a la playa.

    -¡Maldita sea!

    -Te va a llevar con él a las profundidades marinas, renacuajo. ¡No maldigas! ¿Has visto, Xoán? ¡Menudo mariscador está hecho!

    -¡Xente nova e leña verde todo e fume, Pesco!

    A pesar de sus cariñosas burlas, los dos marinos eran conscientes de la audacia que el joven Nino tenía para lidiar con todo tipo de especies marinas. Lo cierto es que el pulpo en esta ocasión era terriblemente grande.

    -¡He visto gentes ahogadas por menos!

    -¡Bueno, qué!; ¿me vais a ayudar!

    -Eso está hecho.

    Los marineros saltaron a la arena, libraron al joven del terrible abrazo y mataron al cefalópodo golpeándolo contra las rocas. 

    Al atardecer, la dorna de los pescadores ponía proa a las costas de Vigo, mientras, en popa, Nino veía a la inmensa mole de las Islas Cíes como centinelas inalterables en la entrada de la Ría, muro natural donde los temporales del Oeste descargan su furia cuando llegaba el invierno. Los días en que al caer la tarde primaveral el mar comenzaba a picarse, contemplaba las olas provocadas por las mareas vivas, llamadas maruxías por los pescadores, invadiendo la escollera y la lengua de arena que separa a la Isla del Norte de la Isla del Medio, y cómo las aguas hacían desaparecer el lago en donde muchas veces reposaba de sus excursiones. El regreso al final del día era para el muchacho un remanso de paz. En ocasiones, grupos pequeños de delfines custodiaban durante parte del trayecto la dorna. Las Cíes se dibujaban cada vez más pequeñas, mientras a babor admiraba al norte de la Ría la Península del Morrazo, donde sabía que en los pueblos de Cangas y Moaña algunos hombres estarían recogiendo las redes y regresando a sus hogares, mientras otros partirían para pescar a la luz de la luna. Al declinar el día, la silueta de las Cíes se perfilaba en un horizonte de azules, rojos, amarillos, naranjas y violetas. Nino sentía la brisa marina en su joven rostro mientras sus lisos cabellos eran revueltos por el suave viento. Timón, su abuelo, le había contado en multitud de ocasiones, al calor de la lumbre, la historia que, a través de generaciones, hablaba de los amores en tiempos lejanos de un habitante de las costas viguesas, cuando la villa aún no existía, sólo había castros diseminados por el litoral; algunos a la orilla del mar. El humano tuvo amores con una sirena que arribó a las playas del lugar; una pasión prohibida que condenaría al desdichado a vagar para la eternidad en el alma de un delfín, y a la sirena a yacer para siempre en las aguas de la Ría. Así, desde entonces, en la silueta de las Islas Cíes se puede adivinar en los atardeceres nítidos la sombra de una gigantesca sirena que duerme un sueño eterno.

    -¿Qué tal la pesca?

    -No se ha dado mal –dijo Xoán con el pitillo a medio consumir entre los labios.

    -¿Cuándo dejarás de trepar piedras y vas a venir con nosotros?

    -Me gusta lo que hago, Pesco.

    -Tu abuelo estaría orgulloso de que comenzases a llevarle más robalizas y sardinas en vez de huevos y mariscos.

    -Tiene razón el Pesco. Cuando yo era de tu edad, ya estaba cansado  de ir a pescar.

    -Si no fuera por mí, no comeríais huevos de gaviota.

    -¿Para qué queremos huevos de gaviota si hay unos de gallina que no es necesario ir a lo alto de las Cíes para conseguirlos?

    -¡Ay, Pesco; no entendéis nada de lo que es la aventura! Además, gallinas tiene, quien tiene un corral y puede permitirse el lujo de alimentarlas.

    -¡La aventura, dice! ¡Hay que tener más sentidiño!

    -Déjalo, Xoán. Le gusta la aventura, pero le interesa muy poco la tradición. Mírame, Nino. Yo casi no sabía hablar y ya estaba pescando.

    -Créeselo, Nino. Pesco nació así como lo ves; una bola forzuda con una pipa en la boca.

    -¿Una pipa en la boca?

    -No le hagas caso a Xoán. Él sí que tuvo siempre esa cara de rata.

    Ya ves, Nino; tan diferentes en todo, pero unidos por la mar.

    -¡Uy, que el Pesco se pone romántico! ¡Tapa los ojos jovenzuelo!

    -¡Que se besen!

    -¡Niño, niño! ¡Que te tiro por la borda!

    -No me importa, Pesco. Sabes que puedo llegar nadando al Berbés.

    -Viste que chulito, Xoán. Este é máis listo que un allo. ¡Me dan ganas de tirarlo de verdad!

    Elige, ¿a babor o a estribor?

    -No, Pesco; mejor tíralo… ¿a popa o a proa?

    -¡Os estáis pasando hoy conmigo! ¡Habéis bebido otra vez de ese vino peleón de la señora Lidia!

    -¿Cómo lo has adivinado? –dijo el Pesco con ironía.

    -Tenéis un aliento del que ni la brisa marina os libra… mejor dicho, me libra de olerlo.

    -Pequeño Nino, el vino es en muchas ocasiones un refugio para el hombre.

    -No des malos consejos al chaval, Xoán.

    -Éche o que hai. Cuanto antes lo sepa, mejor. Un día todo se complica; pensar empieza a ser dificultoso…

    -¿Pensar?

    -Sí, pensar.

    -No te entiendo, Xoán.

    -Beber es una salida.

    -Una salida paras destrozaros el hígado.

    -¡Mira el niño, Pesco; ahora es doctor! Tú pasas mucho tiempo con el Sabio. Estás leyendo demasiados libros.

    -No sólo leo libros. También aprendo de la gente.

    -¿Cómo?

    -Observando; me gusta observar.

    -Eso está muy bien; pero, además, tienes que empezar a pensar en echar las redes.

    Nosotros un día nos haremos mayores…

    -Ah, pero ¿no sois ya mayores?

    -¡Que cabroncete! No hay manera con él, Pesco.

    -Nos haremos mayores y, como no tenemos hijos, habíamos pensado en dejarte nuestra dorna. ¿Qué te parece?

    -¡Eso sí que me gustaría!

    -¡Ah, pillastre; pescar no quieres, pero andar de paseo…!

    -Pero ¿qué hablas, Pesco? Si vosotros no hacéis otra cosa que empinar el codo e ir de taberna en taberna con vuestros cantos picarones.

    -¿Picarones? ¡Mira tú el pequeñajo, Xoán! Nosotros bebemos después de la jornada.

    -Eso si no recaláis en Cangas, como habéis hecho hoy.

    -Es que se ha dado bien la pesca, chaval.

    -Cuando yo tenía tu edad, mis manos ya estaban encallecidas de tanto trabajar.

    -Las mías también lo están, Pesco –Nino enseñó a los dos marineros las palmas de sus manos. Estos adoptaron una aptitud seria, de reconocimiento; para después seguir con las bromas.

    -Pero qué aventurero eres tú. Si no llegamos a tiempo, por las cien sirenas de Ons que acabas en el fondo del mar con los tentáculos de ese pulpo en tu cara. ¡Qué bueno estará a feira!

    -¡No ha de ser para tanto!

    -¡Mira, Xoán; se hace el chulito ante mi advertencia!

    -¡Déjalo, Pesco; la próxima vez que necesite ayuda, ya veremos!

    -Pero ¿qué habláis? ¿Qué sería de vosotros dos sin mí? Al menos os alegro la travesía del Berbés a Cíes y de Cíes al Berbés.

    -Ahí llevas razón.

    -Bueno, ese honor te lo concedemos. Pero, como que me llamo Pesco, que hay que bajarte un poco los humos; que los tienes muy subidos.

    -De tanto andar por los altos.

    -Claro. Seguro, Xoán.

    De vuelta a casa, la Ría de Vigo y toda su fuerza natural entraba en comunión con Nino, un muchacho de doce años con el rostro curtido por la brisa marina y el reflejo del sol en las aguas.



[1] Aproximadamente 15 kilómetros.

[2] Monteagudo

[3] O Faro

[4] San Martiño

 

 




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