CAPÍTULO III
UNA FAMILIA HUMILDE
TIMÓN
“En el abrigo del hogar;
cuando éramos niños y el tiempo se detenía”.
Era en una pequeña casa de planta baja situada en la zona oeste de la villa en el barrio del Berbés, por encima de la ensenada de San Francisco, pasados los soportales, donde vivía Nino con su familia.
La noche había caído y la luna llena iluminaba la estrecha calle. Nino levantó la vista del suelo que pisaban sus castigados pies descalzos y vio a Loira bajar por la callejuela. Solía encontrarla en aquella hora oscura, cuando la mayoría de las gentes ya se retiraban para sus hogares. Las mujeres y hombres que vivían dentro del recinto amurallado estaban en su interior antes del toque de queda. Loira tenía veinte años y frecuentaba en las noches los barrios de extramuros de la Ribera, el Arenal, el Salgueiral, el Placer de Afuera, la Falperra y la Rúa de Santiago. No vestía como las otras mujeres, con sayas de amplio vuelo, dengue y pañuelo en la cabeza. Loira vestía una falda por las rodillas, una blusa blanca y siempre llevaba el pelo suelto; sus pies descalzos no estaban castigados como los de las demás. Siempre se paraba a la altura de Nino y lo miraba sonriente; tenía los ojos tan negros que, si no fuese por el brillo que desprendían al incidir la luz de la luna sobre ellos, se confundirían con la noche; y sus piernas eran tersas y morenas, endurecidas, como las de todas las mujeres de Vigo, por las pronunciadas pendientes de las calles y caminos de la villa y alrededores.
-¿Tampoco hoy vas a venir conmigo a ver cómo la luna se refleja en el mar?
Entonces, Nino movía la cabeza negativamente sin poder articular palabra.
Una vez que ella proseguía su camino calle abajo, el muchacho se giraba tímidamente y contemplaba extasiado los contoneos de aquella mujer diferente.
A pesar de la sensualidad que desprendía, de su condición de mujer de la calle, Loira emanaba una dulzura que había llevado a Nino a sentir por ella algo más que una fascinación física; estaba enamorado; ante su presencia el pecho se le contraía y una punzada en el estómago parecía ahogar su respiración. No lograba comprender lo que le sucedía, pero sabía que sus emociones eran tan intensas que en muchas noches le impedían conciliar el sueño.
Cuando Nino llegó a casa, ya colgaban en la fachada las nasas de su abuelo Timón; cestillas de diferentes tamaños que el experimentado marino utilizaba para pescar crustáceos. Salía todos los días en su gamela recorriendo las costas de la Ría a golpe de remos. En otros tiempos había sido un pescador de altura y un viajero incansable, conocido en todos los pueblos marineros importantes del mundo. Él había enseñado a Nino la mayoría de las cosas que el muchacho sabía sobre pesca. Timón frecuentaba las tabernas para compartir antiguas vivencias con sus amigos; sobre todo con el veterano marino Carolo, al que le unía una gran amistad. Pero, a la hora de tomar su gamela y empuñar los remos prefería hacerlo en soledad. “El mar y yo tenemos muchas cosas que decirnos. Cosas íntimas que sólo nosotros dos sabemos”. Todos respetaban la opción de soledad que el anciano había elegido por unas cuantas horas al día. Aunque, su hija, la madre de Nino, cada vez era más reticente a que saliese solo; ya que, más de una vez, el curtido marino se había visto en aprietos por un repentino encrespamiento de la mar. Su apodo de Timón le venía de la gran habilidad que siempre había mostrado en el manejo de las embarcaciones; destreza con la que, en grandes temporales en altamar, gracias a su pericia con el timón, había conseguido salvar naves y tripulaciones dadas por perdidas.
Alrededor de la rústica mesa de madera de pino cenaban Nino, su hermano Jaime de diecisiete años, la pequeña Timo de tres, sus padres María y Jesús, y el abuelo Timón. La cena más habitual, al igual que la comida, era generalmente una cunca de caldo hecho con verdura, harina de maíz y un poco de grasa; además de algún pescado o marisco capturado por Nino o su abuelo Timón a lo largo de la jornada; esto se acompañaba de un trozo de pan de maíz ácido, por la fermentación larga con masa madre.
-¡Menudo bicho! –exclamó María al ver el pulpo capturado por su hijo.
Todos celebraron la hazaña del chaval. Entonces, el abuelo Timón comenzó, como siempre que estaba alegre, a contar entusiasmado antiguas historias vividas por él a lo largo de su dilatada vida.
-¡Esto sí que es riqueza, hijos!
Recuerdo aquel año de 1768. Llegara la primavera como ahora; era el mes de mayo; llovió días y días. La gente estaba aterrorizada y hablaba del diluvio universal. Se perdieron los frutos. Aquellos que se consiguieron recoger, pudrieron en poco tiempo. Las carencias eran tan grandes ante la falta de granos, hortalizas y legumbres, que el hambre se apoderó de los pueblos. Pero no sólo aquí en Vigo. Por las calles de Santiago vagaban los pobres harapientos y desfallecidos, y en el Gran Hospital ya no cogían más seres humanos.
Las palabras del anciano eran pausadas y profundas, y la voz grave quebrada por los años de mil travesías le daba a los hechos que narraba una intensidad sobrecogedora. Entonces, si, como en este caso, la historia era triste, su hija María, escondiendo sus ojos húmedos, intentaba romper aquellos instantes de dolorosa evocación para su padre.
-Venga, padre, no se ponga trágico.
Pero Timón ya estaba inmerso en sus recuerdos, y proseguía, ante la mirada atenta de los nietos.
-¡Ay, hija, tres años de escasez y epidemias! Pero eso no fue nada comparado con lo que me contaban mis padres y abuelos que sucedió a principios del siglo pasado; en el año 1718. ¡Llegaron a comer ortigas y cardos! Las gentes robaban en las casas y hasta en las iglesias; desaparecían vacas, ovejas y todo tipo de animales. ¡Líbrenos Dios de volver a aquellos tiempos! Porque, cuando el hambre se apodera de las gentes, ni las autoridades pueden hacer nada para calmar la necesidad.
Cuando Timón hablaba, toda la familia prestaba atención a las enseñanzas del curtido marino. Su voz ronca, se tornaba más rota por las emociones que le provocaba el recordar las vivencias pasadas.
Terminada la cena, Jesús se iba a la cama. Era carpintero en el barrio del Arenal. Un lugar donde también desarrollaban su labor toneleros, zapateros y sastres. Para llevar agua fresca a casa, el padre de Nino, al volver del trabajo, llenaba el garrafón en cualquiera de los manantiales que brotaban en la zona, de los cuales manaban unas aguas cristalinas de agradable sabor. Jaime, el hermano de Nino, trabajaba con su padre en la carpintería. En el taller el trabajo era llevadero, pero se tornaba más duro cuando tenían que subir a los montes para talar árboles y después transportarlos; descortezándolos posteriormente y secándolos al sol y al aire.
Cuando Nino no salía a pescar, solía pasar largas horas en la playa del Arenal, mucho más limpia que la de la Ribera, poblada de gran número de lavanderas y donde desembocaba el río Barreiro, lugar en el cual los buques anclados en el puerto hacían su aguada. Nino seguía muchas veces el curso de río en sentido inverso. La corriente de agua atravesaba la calle del Arenal y regaba las huertas de las casas particulares. El muchacho se entretenía hablando con los paisanos que frecuentaban los molinos de la Laje de San Lorenzo o en el Puente Chico, observando el trasiego de gentes.
Nino y sus hermanos quedaban extasiados alrededor del abuelo Timón, escuchando las historias al calor de la lareira. La pequeña Timo comenzaba a aplaudir y gritar: “¡Timo, Timo!”. Desde muy pequeña había paseado en brazos de su abuelo por los barrios de pescadores, cuando el marinero no iba de tabernas pero visitaba antiguos compañeros de andanzas que tenían poca salud o estaban demasiado viejos para salir de casa. La gente lo saludaba: “¡Timón!”. De vuelta a casa, la pequeña, que comenzaba a hablar, no paraba de decir constantemente: ¡Timo!; y ese nombre le quedó a la niña.
Después de la cena, el abuelo encendía su pipa -que, decía, estaba tallada en madera de ébano procedente de una isla desierta no descrita en los mapas, a la que arribara en una de sus travesías por los mares del Pacífico-, observaba a sus tres nietos con ojos tiernos y comenzaba la charla creando ansiedad en los espectadores.
-Vamos a ver, ¿qué historia queréis que os cuente? La de la tortuga laúd que arribó a la playa de Samil llevando un mensaje de socorro grabado en su caparazón, y pesaba más de media tonelada y medía tres metros de largo; la del calamar gigante que se encontró en una playa de las Islas Cíes y tenía más de veinte metros de largo; o la de la raya que capture en el mar con mis propias manos y con su piel me hice una vaina para mi cuchillo.
Entonces, los chavales estallaban en un alboroto en el que, al final, cada uno elegía casi siempre una historia diferente. Timón los dejaba desahogarse mientras saboreaba con pausa su pipa; los observaba y de sus ojos emanaba todo el cariño que sentía hacia ellos. Después, levantaba las manos, se hacía el silencio, y comenzaba a narrar una historia que nada tenía que ver con las mencionadas.
Al final de la jornada, Nino dormía pensando en el día siguiente. Sabía que tendría que ir muy temprano a la plaza de la pescadería donde se vendía el pescado para el abasto del pueblo; mariscos, carne de cerdo, granos, harinas y otras cosas. Allí intentaría colocar los huevos de gaviota y las nécoras. A la mencionada plaza llegaban diariamente arrieros, llamados carrejones, que venían del interior con sus caballerías y tomaban el pescado fresco o salado y otras mercancías, para volver a partir hacia el interior. Salían del barrio del Arenal, continuaban hacia Teis, Chapela, Trasmañó, hasta Redondela, e incluso más lejos. En ocasiones, cuando Nino había conseguido vender rápidamente sus capturas, subido a alguno de los carros, y en amigable charla con el arriero, llegaba hasta Redondela; para volver después andando.
Pero, aquella noche, entre las sábanas, Nino era incapaz de olvidar la imagen de los negros cuervos sobrevolando las aguas de la Ribera en bandadas, y las palabras de la anciana Adela: “Algún día la historia hablará de este pueblo. Los días que vienen serán duros; muy duros”.
| Calle Pobladores. Conecta el barrio marinero del Berbés con la zona alta, donde está situado el Castillo de San Sebastián; donde aún es posible contemplar algunos restos de lo que fue la muralla que rodeaba la villa de Vigo. |
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