viernes, 13 de marzo de 2026

AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO -CAPITULO IV - UNA FAMILIA DE LABRADORES - ARMANDO

 

 

CAPÍTULO  IV

 

UNA FAMILIA DE LABRADORES

 

ARMANDO

 

 

“En una tierra madre que mira al mar,

los humildes viven ajenos a los tiempos de cambio”.

 

 

 

    Fuera de murallas, desde la Puerta del Sol, se extendía de sur a norte el barrio del Salgueiral. En una de las casas de la pendiente superior, vivía con sus padres Armando, un joven de veinte años. Eran una familia de labradores. Desde aquel lugar, en el atardecer primaveral, Armando podía contemplar, asomado al balcón en el piso superior de la vivienda, gran parte de la Ría de Vigo, la costa vecina de la Península del Morrazo con sus escarpados montes y los barcos navegando las plácidas aguas al morir el día. A sus espaldas, la luz mortecina del atardecer dibujaba sombras sobre las faldas de los vecinos montes cubiertos de robles y pinos, sombras en la pelada cima del monte Feroso, donde el castillo del Castro se erigía como centinela de la villa, con los baluartes de San Amaro, el Couto, Diamante y Regueiro. En el ocaso de aquel día de finales de abril, la tranquilidad reinaba en la población. Armando podía observar como las mujeres regresaban a sus casas después de lavar la ropa en el pilón de la fuente de los Tornos. Por la estrecha calle que venía del Arenal subían algunos marineros. El joven Armando era un trabajador del campo incansable; sin embargo, cuando se trataba de ir al mercado a vender o comprar un cerdo o un carnero, prefería quedarse en casa. Debido a su timidez, odiaba las multitudes. Pasaba los días en el trabajo de cultivar los campos y cuidar a los animales domésticos. Siendo jóvenes, antes de su nacimiento, sus padres habían emigrado a Andalucía. La madre trabajara en el servicio social y el padre de mozo de palanca transportando cajas. Cuando salieron de la villa de Vigo iban ilusionados con ahorrar el suficiente dinero para poder mejorar su situación; pero las cosas no fueron como otros habían contado y, a su regreso a Vigo, no pudieron reformar la antigua casa, herencia familiar del padre de Armando, en la que hoy seguían viviendo. A pesar de todo, el matrimonio de curtidos labradores no estaba descontento con su vida, ya que les gustaba el campo y los animales, que proporcionaban comida para todo el año, y vivían cada cosecha y cada nacimiento de un animal con gran ilusión. Rondaban los cincuenta años, pero la dureza de su trabajo, al igual que a la mayoría de las gentes del mar y los campesinos de la villa, había dejado profundas huellas en su salud y sus rostros, dándoles un aspecto de tener más edad.

    Ramiro, nacido en una familia más pudiente, era en el momento presente uno de los pocos adinerados de la villa, junto con algunos catalanes propietarios de las fábricas de salazón. También él emigrara en repetidas ocasiones y había conseguido acumular el dinero suficiente para levantar una casa de tres pisos; una de las más altas de toda aquella zona litoral. Armando y sus padres cultivaban tierras pertenecientes a Ramiro; hombre cordial y amable, al cual el dinero no había conseguido envilecer. Con frecuencia, en los paseos matutinos, desplazaba sus casi dos metros de altura, siempre apoyado en alguno de sus bastones de preciosa empuñadura tallada representando algún animal o ser mitológico, y lo hacía a los lugares donde las familias de campesinos trabajaban los campos de su propiedad, manteniendo animadas charlas con ellos, sin temor a manchar los impecables trajes blancos que siempre vestía.

    Habitualmente, Armando observaba desde su casa el mercado semanal que tenía lugar en la Puerta del Sol, donde se vendían los mejores cerdos y carneros. En ocasiones, su padre, satisfecho de la compra realizada, elevaba un pequeño cochino asiéndolo por las patas para mostrárselo a su hijo.

    Pero ahora, cuando la luna brillaba sobre la Ría, sólo algo ansiaba ver Armando entre las sombras de las murallas. En más de una ocasión lo había conseguido, y aquella noche de abril fue una de ellas. Loira volvía de sus correrías nocturnas; se detuvo en la Puerta de los Carneros y, antes de perderse en la oscuridad, agitó la mano en un fugaz saludo que hizo que el corazón del joven labrador saltase en el pecho.

   Al día siguiente, la mañana amaneció soleada. Armando escuchó, como siempre, el canto de los gallos y el alboroto de las gallinas, patos, gansos y cerdos, mientras su madre les daba de comer. Bajó a la cocina y  tomó, sin sentarse, unas papas hechas de maíz, leche, agua y sal; tenía por delante una dura jornada de trabajo. En las cuadras, situadas al lado de la cocina, en el bajo de la vivienda, el padre de Armando uncía los bueyes y preparaba los aperos de labranza. Exceptuando el pequeño huerto que tenían junto a la casa, todas las demás tierras que cultivaban eran arrendadas. Ramiro era generoso a la hora de facilitar el acceso a sus propiedades por parte de los campesinos y ponía unas condiciones asequibles. Armando y sus padres pasaban la jornada en el campo. El regreso a casa suponía para el joven campesino lo mejor del día, ya que eran unos momentos de relajación y descanso al encontrarse con vecinos de la zona o con otras gentes que, como él, regresaban a sus casas después de una jornada de trabajo. Los padres de Armando saludaban y proseguían la marcha; pero el joven se detenía a charlar un rato con algunas de las personas que iba encontrando; después, apuraba un poco el paso para alcanzar en el camino de regreso a casa a sus progenitores. Entre esas gentes que vivían cercanas a las tierras de cultivo estaba el Viejo Samuel que tenía cien años, o tal vez muchos más, porque decía recordar que, siendo un niño, la Ría de Vigo se había llenado de grandes barcos con gigantescas velas, y oír el estruendo de los cañones retumbando en el estrecho de Rande. El Viejo Samuel vivía en una casa muy pequeña; su interior era sólo un reducido habitáculo que reunía la cama, una pequeña lareira y útiles de labranza con los que seguía trabajando el pequeño huerto junto a su vivienda. De estatura baja y delgado, destacaban en su anatomía unas huesudas y gigantescas manos, en su cabeza algunos débiles pelos blancos, y los años habían hecho que la piel de su rostro se arrugara alrededor de las profundas cuencas oculares, haciendo casi imposible distinguir los ojillos que aún tenían cierta capacidad visual. Su mayor don era una memoria prodigiosa. Siempre contaba a Armando historias que se remontaban a su niñez, un siglo atrás. Aquel día, Armando lo notó especialmente pesimista.

    -A los hombres no hay quien los entienda. Hoy, los ingleses son nuestros aliados frente a los franceses; pero, allá por el año 1702, la flota española que regresaba de Indias con más de quince millones de pesos de oro, plata y otras mercancías; fue perseguida por los ingleses y holandeses, y tuvo que buscar refugio en Vigo con sus diecinueve galeones y sus veintiún navíos de escolta[1]. Aquel 22 de septiembre se internaron en el fondo de la Ría, en Rande. Mi padre y mi abuelo lo recordaban muy bien y con frecuencia hablaban entre ellos de aquel acontecimiento. Yo era un niño que no me cansaba de escucharlos, porque cada vez añadían un matiz que me llamaba la atención. Crecí oyendo esa y algunas otras historias. El Almirante Manuel Alonso y Tejada, que estaba al mando de la flota, ordenó construir una barrera de leños, cables y barcos entre los castillos de Rande y Corbeiro. También se construyeron diez carros. Uno de los que colaboró en la construcción fue el bisabuelo de Horacio, el carretero de Castrelos. Querían emplearlos para descargar el oro y las mercancías. Tenías que ver cómo lo contaban mi padre y mi abuelo. La aparición de las velas enemigas en el horizonte. Jamás se vieron tantos barcos juntos en una batalla. Decían que habían muerto casi tres mil hombres y veintiocho naves quedaron bajo las lodosas aguas de la Ría de Vigo; de las que seguimos sacando restos de sus cascos y demás cosas hoy en día.

    -Bueno, lo cierto es que los ingleses son ahora nuestros “amigos”.

    -La palabra amigo es demasiado profunda, querido Armando.

    En 1719, siendo yo un chaval, con motivo de la Guerra de Sicilia, vi como los ingleses desembarcaron en Samil; quemaron setenta y ocho casas. Con esto, Armando, te quiero decir que, los gobiernos hacen las guerras según sus intereses, y son los hombres del pueblo los que se matan. Ahora, los malos son los franceses. Pero, querido joven, el bien y el mal son palabras muy relativas.

    -Si algún día sucediese algo y necesitase ayuda, no dude en avisarme.

    -¿Qué le van a hacer a un anciano? No te preocupes, Armando, nadie me hará daño. Además, pase lo que pase, ya sabes; Nunca choveu que non escampara.

    Armando continuó su camino, hasta encontrarse con Ana y Santi, un matrimonio que repartía su trabajo entre el campo y el mar. Ella trabajaba en el Berbés y, a sus treinta y cinco años, era envidiada por muchas mujeres de su edad y aún más jóvenes, porque no había perdido un ápice de la belleza juvenil; el pelo negro, los grandes ojos castaños almendrados y una expresión serena en el rostro, hacían imposible ocultar un atractivo innato. Santi era un cuarentón curtido por el trabajo en el campo, pero con ingenio y cierta facilidad de palabra; cualidades que probablemente habían seducido a la bella Ana. Santi se dedicaba, en su poco tiempo libre, a realizar maquetas en miniatura de hórreos, carros y barcos, con los más diversos materiales: palitos, piedrecillas, hojas, y cualquier cosa que pudiese servir para sus construcciones. Ana y Santi estaban muy enamorados, y en muchas ocasiones paseaban por los prados y montes cercanos a lomos de su gigantesco caballo percherón llamado Rino.

    Francisco, el cazador, era otra de las personas con la que habitualmente Armando y sus padres se encontraban en el camino de regreso a casa. De porte desgarbado, Francisco tenía la nariz aguileña y un solo ojo desde que, en un desafortunado accidente mientras jugaba, perdiera el otro siendo niño. Sin embargo, ironías de la vida, era el mejor tirador de la comarca. Se internaba en los montes cercanos para llevar a cabo sus capturas: perdices, conejos, liebres y palomas, que después vendía su mujer en el mercado. Siempre que el porco bravo bajaba de los montes y destruía las cosechas, Francisco organizaba batidas para capturarlo. También los paisanos de las casas más cercanas a los bosques habían solicitado su ayuda cuando los lobos atacaban los ganados.

    En aquel atardecer primaveral de abril, Francisco venía bastante contrariado. Armando le preguntó qué le sucedía, y la contestación del cazador fue inquietante:

    -Los cuervos... –una larga pausa dubitativa imprimió, sin querer, tensión en el ambiente- vuelan en bandadas y han espantado casi toda la caza. Mirad, sólo un conejo; ninguna ave. En mi vida he visto tantos pájaros de esos juntos.

    Una vez en casa, después de una cena frugal, como todas las noches, Armando salió al balcón minutos antes de retirarse a dormir. Cada vez que recordaba las palabras de Francisco el cazador, sentía un leve estremecimiento. Una música lejana distanció por un momento a Armando de sus temores. Provenía de unos carromatos de gitanos que habían llegado a Vigo unos días antes y estaban acampados en una de las laderas del Castro. Los gitanos, reunidos alrededor del fuego con guitarras y un violín, se deleitaban cantando músicas evocadoras. Hasta Armando llegaban los ecos de aquellas melodías. El violín, dulce y nostálgico a la vez, rasgaba con su canto la noche calma llegando con más o menos intensidad hasta los oídos de los habitantes de la villa de Vigo. Sus notas flotaban sobre las tranquilas aguas de la Ría. Entonces, una voz masculina profunda y rota entonó un canto que sonaba lejano.

 

Suena, violín, suena;

que tu bello lamento viaje sobre el tiempo y llegue más allá,

a los lugares donde moran nuestros ancestros,

vuele sobre los prados y las altas montañas,

porque allí se han quedado nuestros profundos sueños,

y vagamos el mundo sin encontrar consuelo.

 

   Los ojos de niños, mujeres y hombres, brillaban ante las llamas; sus miradas parecían estar en un lugar remoto, del cual, la mayoría, tenían la esencia en el alma pero no el conocimiento físico.

 

Somos hijos del viento;

nuestras almas errantes, compañeras del tiempo, buscan la eternidad

en un rasgar quebrado de un violín doliente

que canta al firmamento su sentir, su verdad.

 

    Poco después, Armando pudo ver como la pequeña gitanilla Azucena, de no más de seis años, cogía agua de la Fuente de Neptuno, acompañada de su hermano mayor Sirio que sostenía en su mano un farol.

    -¿Qué es? ¿Una casa grande?

    -No, Azucena; son murallas. Dentro de ese lugar hay muchas casas.

    -¡Caray, cuánta gente debe haber ahí!

    -Sí, mucha.

    -Por eso tienen una puerta tan grande; por si quieren salir o entrar todos a la vez.

    Serán buenos y hospitalarios; como dice siempre papá.

    -Seguro que sí; ya lo verás.

    Desde el balcón, Armando no pudo evitar hablar con los dos niños.

    -¡Eh, pequeños! ¿Dónde estáis?

    -En la ladera de ese monte.

    -Más vale que regreséis a vuestro campamento. Estas horas son peligrosas para andar por ahí.

    -¿Son ustedes malos? –preguntó Azucena inocente.

    -No; somos buenos. Pero entre tantos, ya sabes, pequeña, siempre hay alguno malo.

    La gitanilla Azucena, llevada por su hermano de la mano, al tiempo que se alejaba del lugar, giro la cabeza hacia atrás, regalando a Armando una dulce sonrisa y mirándolo con la ternura de sus brillantes ojos negros que destacaban en la sucia cara.



[1] Parece ser que no eran todos galeones. Había diversos buques de guerra y mercantes armados.

 

Parte de la muralla del Castillo del Castro - Vigo


 

 

©Julio Mariñas

 Compositor y escritor

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