viernes, 13 de marzo de 2026

AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO -CAPITULO IV - UNA FAMILIA DE LABRADORES - ARMANDO

 

 

CAPÍTULO  IV

 

UNA FAMILIA DE LABRADORES

 

ARMANDO

 

 

“En una tierra madre que mira al mar,

los humildes viven ajenos a los tiempos de cambio”.

 

 

 

    Fuera de murallas, desde la Puerta del Sol, se extendía de sur a norte el barrio del Salgueiral. En una de las casas de la pendiente superior, vivía con sus padres Armando, un joven de veinte años. Eran una familia de labradores. Desde aquel lugar, en el atardecer primaveral, Armando podía contemplar, asomado al balcón en el piso superior de la vivienda, gran parte de la Ría de Vigo, la costa vecina de la Península del Morrazo con sus escarpados montes y los barcos navegando las plácidas aguas al morir el día. A sus espaldas, la luz mortecina del atardecer dibujaba sombras sobre las faldas de los vecinos montes cubiertos de robles y pinos, sombras en la pelada cima del monte Feroso, donde el castillo del Castro se erigía como centinela de la villa, con los baluartes de San Amaro, el Couto, Diamante y Regueiro. En el ocaso de aquel día de finales de abril, la tranquilidad reinaba en la población. Armando podía observar como las mujeres regresaban a sus casas después de lavar la ropa en el pilón de la fuente de los Tornos. Por la estrecha calle que venía del Arenal subían algunos marineros. El joven Armando era un trabajador del campo incansable; sin embargo, cuando se trataba de ir al mercado a vender o comprar un cerdo o un carnero, prefería quedarse en casa. Debido a su timidez, odiaba las multitudes. Pasaba los días en el trabajo de cultivar los campos y cuidar a los animales domésticos. Siendo jóvenes, antes de su nacimiento, sus padres habían emigrado a Andalucía. La madre trabajara en el servicio social y el padre de mozo de palanca transportando cajas. Cuando salieron de la villa de Vigo iban ilusionados con ahorrar el suficiente dinero para poder mejorar su situación; pero las cosas no fueron como otros habían contado y, a su regreso a Vigo, no pudieron reformar la antigua casa, herencia familiar del padre de Armando, en la que hoy seguían viviendo. A pesar de todo, el matrimonio de curtidos labradores no estaba descontento con su vida, ya que les gustaba el campo y los animales, que proporcionaban comida para todo el año, y vivían cada cosecha y cada nacimiento de un animal con gran ilusión. Rondaban los cincuenta años, pero la dureza de su trabajo, al igual que a la mayoría de las gentes del mar y los campesinos de la villa, había dejado profundas huellas en su salud y sus rostros, dándoles un aspecto de tener más edad.

    Ramiro, nacido en una familia más pudiente, era en el momento presente uno de los pocos adinerados de la villa, junto con algunos catalanes propietarios de las fábricas de salazón. También él emigrara en repetidas ocasiones y había conseguido acumular el dinero suficiente para levantar una casa de tres pisos; una de las más altas de toda aquella zona litoral. Armando y sus padres cultivaban tierras pertenecientes a Ramiro; hombre cordial y amable, al cual el dinero no había conseguido envilecer. Con frecuencia, en los paseos matutinos, desplazaba sus casi dos metros de altura, siempre apoyado en alguno de sus bastones de preciosa empuñadura tallada representando algún animal o ser mitológico, y lo hacía a los lugares donde las familias de campesinos trabajaban los campos de su propiedad, manteniendo animadas charlas con ellos, sin temor a manchar los impecables trajes blancos que siempre vestía.

    Habitualmente, Armando observaba desde su casa el mercado semanal que tenía lugar en la Puerta del Sol, donde se vendían los mejores cerdos y carneros. En ocasiones, su padre, satisfecho de la compra realizada, elevaba un pequeño cochino asiéndolo por las patas para mostrárselo a su hijo.

    Pero ahora, cuando la luna brillaba sobre la Ría, sólo algo ansiaba ver Armando entre las sombras de las murallas. En más de una ocasión lo había conseguido, y aquella noche de abril fue una de ellas. Loira volvía de sus correrías nocturnas; se detuvo en la Puerta de los Carneros y, antes de perderse en la oscuridad, agitó la mano en un fugaz saludo que hizo que el corazón del joven labrador saltase en el pecho.

   Al día siguiente, la mañana amaneció soleada. Armando escuchó, como siempre, el canto de los gallos y el alboroto de las gallinas, patos, gansos y cerdos, mientras su madre les daba de comer. Bajó a la cocina y  tomó, sin sentarse, unas papas hechas de maíz, leche, agua y sal; tenía por delante una dura jornada de trabajo. En las cuadras, situadas al lado de la cocina, en el bajo de la vivienda, el padre de Armando uncía los bueyes y preparaba los aperos de labranza. Exceptuando el pequeño huerto que tenían junto a la casa, todas las demás tierras que cultivaban eran arrendadas. Ramiro era generoso a la hora de facilitar el acceso a sus propiedades por parte de los campesinos y ponía unas condiciones asequibles. Armando y sus padres pasaban la jornada en el campo. El regreso a casa suponía para el joven campesino lo mejor del día, ya que eran unos momentos de relajación y descanso al encontrarse con vecinos de la zona o con otras gentes que, como él, regresaban a sus casas después de una jornada de trabajo. Los padres de Armando saludaban y proseguían la marcha; pero el joven se detenía a charlar un rato con algunas de las personas que iba encontrando; después, apuraba un poco el paso para alcanzar en el camino de regreso a casa a sus progenitores. Entre esas gentes que vivían cercanas a las tierras de cultivo estaba el Viejo Samuel que tenía cien años, o tal vez muchos más, porque decía recordar que, siendo un niño, la Ría de Vigo se había llenado de grandes barcos con gigantescas velas, y oír el estruendo de los cañones retumbando en el estrecho de Rande. El Viejo Samuel vivía en una casa muy pequeña; su interior era sólo un reducido habitáculo que reunía la cama, una pequeña lareira y útiles de labranza con los que seguía trabajando el pequeño huerto junto a su vivienda. De estatura baja y delgado, destacaban en su anatomía unas huesudas y gigantescas manos, en su cabeza algunos débiles pelos blancos, y los años habían hecho que la piel de su rostro se arrugara alrededor de las profundas cuencas oculares, haciendo casi imposible distinguir los ojillos que aún tenían cierta capacidad visual. Su mayor don era una memoria prodigiosa. Siempre contaba a Armando historias que se remontaban a su niñez, un siglo atrás. Aquel día, Armando lo notó especialmente pesimista.

    -A los hombres no hay quien los entienda. Hoy, los ingleses son nuestros aliados frente a los franceses; pero, allá por el año 1702, la flota española que regresaba de Indias con más de quince millones de pesos de oro, plata y otras mercancías; fue perseguida por los ingleses y holandeses, y tuvo que buscar refugio en Vigo con sus diecinueve galeones y sus veintiún navíos de escolta[1]. Aquel 22 de septiembre se internaron en el fondo de la Ría, en Rande. Mi padre y mi abuelo lo recordaban muy bien y con frecuencia hablaban entre ellos de aquel acontecimiento. Yo era un niño que no me cansaba de escucharlos, porque cada vez añadían un matiz que me llamaba la atención. Crecí oyendo esa y algunas otras historias. El Almirante Manuel Alonso y Tejada, que estaba al mando de la flota, ordenó construir una barrera de leños, cables y barcos entre los castillos de Rande y Corbeiro. También se construyeron diez carros. Uno de los que colaboró en la construcción fue el bisabuelo de Horacio, el carretero de Castrelos. Querían emplearlos para descargar el oro y las mercancías. Tenías que ver cómo lo contaban mi padre y mi abuelo. La aparición de las velas enemigas en el horizonte. Jamás se vieron tantos barcos juntos en una batalla. Decían que habían muerto casi tres mil hombres y veintiocho naves quedaron bajo las lodosas aguas de la Ría de Vigo; de las que seguimos sacando restos de sus cascos y demás cosas hoy en día.

    -Bueno, lo cierto es que los ingleses son ahora nuestros “amigos”.

    -La palabra amigo es demasiado profunda, querido Armando.

    En 1719, siendo yo un chaval, con motivo de la Guerra de Sicilia, vi como los ingleses desembarcaron en Samil; quemaron setenta y ocho casas. Con esto, Armando, te quiero decir que, los gobiernos hacen las guerras según sus intereses, y son los hombres del pueblo los que se matan. Ahora, los malos son los franceses. Pero, querido joven, el bien y el mal son palabras muy relativas.

    -Si algún día sucediese algo y necesitase ayuda, no dude en avisarme.

    -¿Qué le van a hacer a un anciano? No te preocupes, Armando, nadie me hará daño. Además, pase lo que pase, ya sabes; Nunca choveu que non escampara.

    Armando continuó su camino, hasta encontrarse con Ana y Santi, un matrimonio que repartía su trabajo entre el campo y el mar. Ella trabajaba en el Berbés y, a sus treinta y cinco años, era envidiada por muchas mujeres de su edad y aún más jóvenes, porque no había perdido un ápice de la belleza juvenil; el pelo negro, los grandes ojos castaños almendrados y una expresión serena en el rostro, hacían imposible ocultar un atractivo innato. Santi era un cuarentón curtido por el trabajo en el campo, pero con ingenio y cierta facilidad de palabra; cualidades que probablemente habían seducido a la bella Ana. Santi se dedicaba, en su poco tiempo libre, a realizar maquetas en miniatura de hórreos, carros y barcos, con los más diversos materiales: palitos, piedrecillas, hojas, y cualquier cosa que pudiese servir para sus construcciones. Ana y Santi estaban muy enamorados, y en muchas ocasiones paseaban por los prados y montes cercanos a lomos de su gigantesco caballo percherón llamado Rino.

    Francisco, el cazador, era otra de las personas con la que habitualmente Armando y sus padres se encontraban en el camino de regreso a casa. De porte desgarbado, Francisco tenía la nariz aguileña y un solo ojo desde que, en un desafortunado accidente mientras jugaba, perdiera el otro siendo niño. Sin embargo, ironías de la vida, era el mejor tirador de la comarca. Se internaba en los montes cercanos para llevar a cabo sus capturas: perdices, conejos, liebres y palomas, que después vendía su mujer en el mercado. Siempre que el porco bravo bajaba de los montes y destruía las cosechas, Francisco organizaba batidas para capturarlo. También los paisanos de las casas más cercanas a los bosques habían solicitado su ayuda cuando los lobos atacaban los ganados.

    En aquel atardecer primaveral de abril, Francisco venía bastante contrariado. Armando le preguntó qué le sucedía, y la contestación del cazador fue inquietante:

    -Los cuervos... –una larga pausa dubitativa imprimió, sin querer, tensión en el ambiente- vuelan en bandadas y han espantado casi toda la caza. Mirad, sólo un conejo; ninguna ave. En mi vida he visto tantos pájaros de esos juntos.

    Una vez en casa, después de una cena frugal, como todas las noches, Armando salió al balcón minutos antes de retirarse a dormir. Cada vez que recordaba las palabras de Francisco el cazador, sentía un leve estremecimiento. Una música lejana distanció por un momento a Armando de sus temores. Provenía de unos carromatos de gitanos que habían llegado a Vigo unos días antes y estaban acampados en una de las laderas del Castro. Los gitanos, reunidos alrededor del fuego con guitarras y un violín, se deleitaban cantando músicas evocadoras. Hasta Armando llegaban los ecos de aquellas melodías. El violín, dulce y nostálgico a la vez, rasgaba con su canto la noche calma llegando con más o menos intensidad hasta los oídos de los habitantes de la villa de Vigo. Sus notas flotaban sobre las tranquilas aguas de la Ría. Entonces, una voz masculina profunda y rota entonó un canto que sonaba lejano.

 

Suena, violín, suena;

que tu bello lamento viaje sobre el tiempo y llegue más allá,

a los lugares donde moran nuestros ancestros,

vuele sobre los prados y las altas montañas,

porque allí se han quedado nuestros profundos sueños,

y vagamos el mundo sin encontrar consuelo.

 

   Los ojos de niños, mujeres y hombres, brillaban ante las llamas; sus miradas parecían estar en un lugar remoto, del cual, la mayoría, tenían la esencia en el alma pero no el conocimiento físico.

 

Somos hijos del viento;

nuestras almas errantes, compañeras del tiempo, buscan la eternidad

en un rasgar quebrado de un violín doliente

que canta al firmamento su sentir, su verdad.

 

    Poco después, Armando pudo ver como la pequeña gitanilla Azucena, de no más de seis años, cogía agua de la Fuente de Neptuno, acompañada de su hermano mayor Sirio que sostenía en su mano un farol.

    -¿Qué es? ¿Una casa grande?

    -No, Azucena; son murallas. Dentro de ese lugar hay muchas casas.

    -¡Caray, cuánta gente debe haber ahí!

    -Sí, mucha.

    -Por eso tienen una puerta tan grande; por si quieren salir o entrar todos a la vez.

    Serán buenos y hospitalarios; como dice siempre papá.

    -Seguro que sí; ya lo verás.

    Desde el balcón, Armando no pudo evitar hablar con los dos niños.

    -¡Eh, pequeños! ¿Dónde estáis?

    -En la ladera de ese monte.

    -Más vale que regreséis a vuestro campamento. Estas horas son peligrosas para andar por ahí.

    -¿Son ustedes malos? –preguntó Azucena inocente.

    -No; somos buenos. Pero entre tantos, ya sabes, pequeña, siempre hay alguno malo.

    La gitanilla Azucena, llevada por su hermano de la mano, al tiempo que se alejaba del lugar, giro la cabeza hacia atrás, regalando a Armando una dulce sonrisa y mirándolo con la ternura de sus brillantes ojos negros que destacaban en la sucia cara.



[1] Parece ser que no eran todos galeones. Había diversos buques de guerra y mercantes armados.

 

Parte de la muralla del Castillo del Castro - Vigo


 

 

©Julio Mariñas

 Compositor y escritor

lunes, 9 de marzo de 2026

AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO - CAPITULO III - UNA FAMILIA HUMILDE - TIMÓN

 

 

CAPÍTULO III

 

UNA FAMILIA HUMILDE

 

TIMÓN

 

                    

“En el abrigo del hogar;

cuando éramos niños y el tiempo se detenía”.

 

                                            


    Era en una pequeña casa de planta baja situada en la zona oeste de la villa en el barrio del Berbés, por encima de la ensenada de San Francisco, pasados los soportales, donde vivía Nino con su familia.

    La noche había caído y la luna llena iluminaba la estrecha calle. Nino levantó la vista del suelo que pisaban sus castigados pies descalzos y vio a Loira bajar por la callejuela. Solía encontrarla en aquella hora oscura, cuando la mayoría de las gentes ya se retiraban para sus hogares. Las mujeres y hombres que vivían dentro del recinto amurallado estaban en su interior antes del toque de queda. Loira tenía veinte años y frecuentaba en las noches los barrios de extramuros de la Ribera, el Arenal, el Salgueiral, el Placer de Afuera, la Falperra y la Rúa de Santiago. No vestía como las otras mujeres, con sayas de amplio vuelo, dengue y pañuelo en la cabeza. Loira vestía una falda por las rodillas, una blusa blanca y siempre llevaba el pelo suelto; sus pies descalzos no estaban castigados como los de las demás. Siempre se paraba a la altura de Nino y lo miraba sonriente; tenía los ojos tan negros que, si no fuese por el brillo que desprendían al incidir la luz de la luna sobre ellos, se confundirían con la noche; y sus piernas eran tersas y morenas, endurecidas, como las de todas las mujeres de Vigo, por las pronunciadas pendientes de las calles y caminos de la villa y alrededores.

    -¿Tampoco hoy vas a venir conmigo a ver cómo la luna se refleja en el mar?

    Entonces, Nino movía la cabeza negativamente sin poder articular palabra.

    Una vez que ella proseguía su camino calle abajo, el muchacho se giraba tímidamente y contemplaba extasiado los contoneos de aquella mujer diferente.

    A pesar de la sensualidad que desprendía, de su condición de mujer de la calle, Loira emanaba una dulzura que había llevado a Nino a sentir por ella algo más que una fascinación física; estaba enamorado; ante su presencia el pecho se le contraía y una punzada en el estómago parecía ahogar su respiración. No lograba comprender lo que le sucedía, pero sabía que sus emociones eran tan intensas que en muchas noches le impedían conciliar el sueño.

Era allí, en la zona Oeste de la villa en el barrio del Berbés, por encima de la ensenada de San Francisco, después de la playa, pasados los soportales, en una pequeña casa de una planta,  donde vivía Nino con su familia.

    La noche había caído y la luna llena iluminaba la estrecha calle. Nino levanto la vista del suelo que pisaban sus castigados pies descalzos y vió a Loira bajar por la callejuela. Siempre la solía encontrar en aquella hora oscura, cuando la mayoría de las gentes ya se retiraban para sus hogares. Las mujeres y hombres que vivían dentro del recinto amurallado estaban en su interior antes del toque de queda. Loira tenía veinte años y frecuentaba en las noches los barrios de extramuros de la Ribera, el Arenal, el Salgueiral, el Placer de Afuera, la Falperra y la Rúa de Santiago. No vestía como las otras mujeres, con sayas de amplio vuelo, dengue y pañuelo en la cabeza. Loira vestía una falda por las rodillas, una blusa blanca y siempre llevaba el pelo suelto; sus pies delcalzos no estaban castigados como los de las demás mujeres. Siempre se paraba a la altura de Nino y lo miraba sonriente; tenía los ojos tan negros que, si no fuera por su brillo, se confundirían con la noche; y sus piernas eran tersas y morenas.

    -¿Tampoco hoy vas a venir conmigo a ver la luna reflejarse en el mar?

    Entonces, Nino movía la cabeza negativamente sin poder articular palabra.

    Una vez que ella proseguía su camino calle abajo, el muchacho se giraba tímidamente y contemplaba extasiado los contoneos de aquella mujer diferente.

    A pesar de la sensualidad que desprendía, de su condición de mujer de la calle, Loira emanaba una dulzura que había llevado a Nino a sentir por ella algo más que una fascinación física; estaba enamorado; ante su presencia el pecho se le contraía y una punzada en el estómago parecía ahogar su respiración. No comprendía lo que le sucedía, pero sabía que sus emociones eran tan intensas que en muchas noches le impedían conciliar el sueño.

    Cuando Nino llegó a casa, ya colgaban en la fachada las nasas de su abuelo Timón; cestillas de diferentes tamaños que el experimentado marino utilizaba para pescar crustáceos. Salía todos los días en su gamela recorriendo las costas de la Ría a golpe de remos. En otros tiempos había sido un pescador de altura y un viajero incansable, conocido en todos los pueblos marineros importantes del mundo. Él había enseñado a Nino la mayoría de las cosas que el muchacho sabía sobre pesca. Timón frecuentaba las tabernas para compartir antiguas vivencias con sus amigos; sobre todo con el veterano marino Carolo, al que le unía una gran amistad. Pero, a la hora de tomar su gamela y empuñar los remos prefería hacerlo en soledad. “El mar y yo tenemos muchas cosas que decirnos. Cosas íntimas que sólo nosotros dos sabemos”. Todos respetaban la opción de soledad que el anciano había elegido por unas cuantas horas al día. Aunque, su hija, la madre de Nino, cada vez era más reticente a que saliese solo; ya que, más de una vez, el curtido marino se había visto en aprietos por un repentino encrespamiento de la mar. Su apodo de Timón le venía de la gran habilidad que siempre había mostrado en el manejo de las embarcaciones; destreza con la que, en grandes temporales en altamar, gracias a su pericia con el timón, había conseguido salvar naves y tripulaciones dadas por perdidas.

    Alrededor de la rústica mesa de madera de pino cenaban Nino, su hermano Jaime de diecisiete años, la pequeña Timo de tres, sus padres María y Jesús, y el abuelo Timón. La cena más habitual, al igual que la comida, era generalmente una cunca de caldo hecho con verdura, harina de maíz y un poco de grasa; además de algún pescado o marisco capturado por Nino o su abuelo Timón a lo largo de la jornada; esto se acompañaba de un trozo de pan de maíz ácido, por la fermentación larga con masa madre.

    -¡Menudo bicho! –exclamó María al ver el pulpo capturado por su hijo.

    Todos celebraron la hazaña del chaval. Entonces, el abuelo Timón comenzó, como siempre que estaba alegre, a contar entusiasmado antiguas historias vividas por él a lo largo de su dilatada vida.

    -¡Esto sí que es riqueza, hijos! 

    Recuerdo aquel año de 1768. Llegara la primavera como ahora; era el mes de mayo; llovió días y días. La gente estaba aterrorizada y hablaba del diluvio universal. Se perdieron los frutos. Aquellos que se consiguieron recoger, pudrieron en poco tiempo. Las carencias eran tan grandes ante la falta de granos, hortalizas y legumbres, que el hambre se apoderó de los pueblos. Pero no sólo aquí en Vigo. Por las calles de Santiago vagaban los pobres harapientos y desfallecidos, y en el Gran Hospital ya no cogían más seres humanos.

    Las palabras del anciano eran pausadas y profundas, y la voz grave quebrada por los años de mil travesías le daba a los hechos que narraba una intensidad sobrecogedora. Entonces, si, como en este caso, la historia era triste, su hija María, escondiendo sus ojos húmedos, intentaba romper aquellos instantes de dolorosa evocación para su padre.

    -Venga, padre, no se ponga trágico.

    Pero Timón ya estaba inmerso en sus recuerdos, y proseguía, ante la mirada atenta de los nietos.

    -¡Ay, hija, tres años de escasez y epidemias!  Pero eso no fue nada comparado con lo que me contaban mis padres y abuelos que sucedió a principios del siglo pasado; en el año 1718. ¡Llegaron a comer ortigas y cardos! Las gentes robaban en las casas y hasta en las iglesias; desaparecían vacas, ovejas y todo tipo de animales. ¡Líbrenos Dios de volver a aquellos tiempos! Porque, cuando el hambre se apodera de las gentes, ni las autoridades pueden hacer nada para calmar la necesidad.

  Cuando Timón hablaba, toda la familia prestaba atención a las enseñanzas del curtido marino. Su voz ronca, se tornaba más rota por las emociones que le provocaba el recordar las vivencias pasadas.

    Terminada la cena, Jesús se iba a la cama. Era carpintero en el barrio del Arenal. Un lugar donde también desarrollaban su labor toneleros, zapateros y sastres. Para llevar agua fresca a casa, el padre de Nino, al volver del trabajo, llenaba el garrafón en cualquiera de los manantiales que brotaban en la zona, de los cuales manaban unas aguas cristalinas de agradable sabor. Jaime, el hermano de Nino, trabajaba con su padre en la carpintería. En el taller el trabajo era llevadero, pero se tornaba más duro cuando tenían que subir a los montes para talar árboles y después transportarlos; descortezándolos posteriormente y secándolos al sol y al aire.

    Cuando Nino no salía a pescar, solía pasar largas horas en la playa del Arenal, mucho más limpia que la de la Ribera, poblada de gran número de lavanderas y donde desembocaba el río Barreiro, lugar en el cual los buques anclados en el puerto hacían su aguada. Nino seguía muchas veces el curso de río en sentido inverso. La corriente de agua atravesaba la calle del Arenal y regaba las huertas de las casas particulares. El muchacho se entretenía hablando con los paisanos que frecuentaban los molinos de la Laje de San Lorenzo o en el Puente Chico, observando el trasiego de gentes.

    Nino y sus hermanos quedaban extasiados alrededor del abuelo Timón, escuchando las historias al calor de la lareira. La pequeña Timo comenzaba a aplaudir y gritar: “¡Timo, Timo!”. Desde muy pequeña había paseado en brazos de su abuelo por los barrios de pescadores, cuando el marinero no iba de tabernas pero visitaba antiguos compañeros de andanzas que tenían poca salud o estaban demasiado viejos para salir de casa. La gente lo saludaba: “¡Timón!”. De vuelta a casa, la pequeña, que comenzaba a hablar, no paraba de decir constantemente: ¡Timo!;  y ese nombre le quedó a la niña.

    Después de la cena, el abuelo encendía su pipa -que, decía, estaba tallada en madera de ébano procedente de una isla desierta no descrita en los mapas, a la que arribara en una de sus travesías por los mares del Pacífico-, observaba a sus tres nietos con ojos tiernos y comenzaba la charla creando ansiedad en los espectadores.

    -Vamos a ver, ¿qué historia queréis que os cuente? La de la tortuga laúd que arribó a la playa de Samil llevando un mensaje de socorro grabado en su caparazón, y pesaba más de media tonelada y medía tres metros de largo; la del calamar gigante que se encontró en una playa de las Islas Cíes y tenía más de veinte metros de largo; o la de la raya que capture en el mar con mis propias manos y con su piel me hice una vaina para mi cuchillo.

    Entonces, los chavales estallaban en un alboroto en el que, al final, cada uno elegía casi siempre una historia diferente. Timón los dejaba desahogarse mientras saboreaba con pausa su pipa; los observaba y de sus ojos emanaba todo el cariño que sentía hacia ellos. Después, levantaba las manos, se hacía el silencio, y comenzaba a narrar una historia que nada tenía que ver con las mencionadas.

    Al final de la jornada, Nino dormía pensando en el día siguiente. Sabía que tendría que ir muy temprano a la plaza de la pescadería donde se vendía el pescado para el abasto del pueblo; mariscos, carne de cerdo, granos, harinas y otras cosas. Allí intentaría colocar los huevos de gaviota y las nécoras. A la mencionada plaza llegaban diariamente arrieros, llamados carrejones, que venían del interior con sus caballerías y tomaban el pescado fresco o salado y otras mercancías, para volver a partir hacia el interior. Salían del barrio del Arenal, continuaban hacia Teis, Chapela, Trasmañó, hasta Redondela, e incluso  más lejos. En ocasiones, cuando Nino había conseguido vender rápidamente sus capturas, subido a alguno de los carros, y en amigable charla con el arriero, llegaba hasta Redondela; para volver después andando.

    Pero, aquella noche, entre las sábanas, Nino era incapaz de olvidar la imagen de los negros cuervos sobrevolando las aguas de la Ribera en bandadas, y las palabras de la anciana Adela: “Algún día la historia hablará de este pueblo. Los días que vienen serán duros; muy duros”.

 

 

     Calle Pobladores. Conecta el barrio marinero del Berbés con la zona alta, donde está situado el Castillo de San Sebastián; donde aún es posible contemplar algunos restos de lo que fue la muralla que rodeaba la villa de Vigo.

 

martes, 3 de marzo de 2026

AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO - CAPITULO II - ADELA

 

 

 

CAPÍTULO  II

 

ADELA

 

 

“Entre el bullicio de un pueblo marinero,

alguien que, para el foráneo, pasa inadvertido,

está muy presente en la vida de los paisanos de la villa de Vigo.

Ella mira al mar, al cielo y a las aves”.

 


    Arribando a la costa, Nino podía ver a su derecha el convento de San Francisco y en la margen izquierda el mar besando los roquedales en los que se alzaba la parte de la muralla que daba al litoral y rodeaba la villa de Vigo. En los días de mar brava, era posible contemplar las olas batiendo contra las recias piedras de los muros. Poco a poco, la dorna fue enfilando su proa hacia la playa que era antesala de los soportales de las casas marineras de la Ribera del Berbés, donde los hombres del mar aprovechaban las postreras luces del día para realizar sus últimas tareas y las mujeres apuraban el trabajo con las redes, mientras una multitud de gaviotas y algunos cuervos daban cuenta de los desperdicios que quedaban de la lonja que había tenido lugar durante la jornada. Muchas embarcaciones de diferentes tamaños y velamen se amontonaban en las orillas de la playa de la Ribera del Berbés. Cuando estaban a pocos metros de la costa ya llegaba hasta Nino el olor fuerte que desprendían los abundantes restos de pescado crudo y de la salazón, mezclado con el olor a madera y brea de las embarcaciones. Un aroma familiar, entrañable, que provoca en el alma sensaciones indescriptibles, sólo entendidas por aquellos que hemos crecido en una tierra marinera. Una vez en la orilla, el muchacho se despedía de Xoán y el Pesco. Aquel atardecer estaba muy contento; no todos los días se capturaba un pulpo de diez kilos, y para él era el primero de ese tamaño.

   En el umbral de una de las casas más pequeñas de la zona, situada antes de la cuesta que subía al Convento de San Francisco, estaba siempre Adela, una anciana vestida de negro, que observaba el discurrir de la vida con sus pequeños ojos grises y tenía el hábito de contemplar el cielo. Cuando Nino y los marineros se hacían a la mar por la mañana, ya ella estaba allí, sentada en una pequeña silla de madera, con su menudo cuerpo encorvado castigado por los años; pasaba las horas sin hablar, observando las aves que sobrevolaban las aguas. Una vez anochecía, dejaba la silla y, caminando con lentos e indecisos pasos, renqueante, salvaba la distancia de pocos metros que la separaba de su humilde cama. Cuando comenzaba a despuntar el alba, volvía de nuevo a su silla de madera que, muy probablemente, tenía tantos años como ella. Y así, día tras día, hiciese frío o calor, embozada en sus negras prendas; con el único auxilio de un paraguas tan negro como sus vestimentas cuando la lluvia caía sobre Vigo. Marineros, pescantinas y demás gentes que andaban de un lado a otro del Berbés, pasaban junto a ella percibiéndola como al viejo cruceiro o el árbol centenario; ya que, Adela, al igual que  ellos, era parte del paisaje diario.

    Como siempre que regresaba de la mar, Nino puso en el regazo de la anciana parte de sus capturas. En esta ocasión dos huevos y una nécora. La anciana comenzó a hablar con lentitud, suavidad y unos silencios largos entre cada frase.

    -¿Qué tal tu abuelo?

    -Como siempre, con sus historias antiguas.

    -Ese hombre ha vivido mucho, Nino.

    -Lo sé, Adela.

    -Es un pozo de sabiduría.

    -Algún día me gustaría salir fuera de Vigo y vivir tanto como él.

    -Bueno, por ahora confórmate con esta libertad que tienes. Ningún niño de tu edad y condición es tan libre como tú. Tienes suerte de haber nacido en esa familia.

    -Lo sé, Adela. Por eso temo que se acabe.

    -Sigues sin querer trabajar en la carpintería de tu padre.

    -No me gusta nada. Lo mío es estar al aire libre. Ya sabes…

    -Ya, ya. ¡Ay, pequeño Nino! ¿Y de amores, qué?

    -Pero, Adela…                                          

    -¡Anda, anda! Que bien sé yo que estas ya en edad de enamoriscarte.

    -Bueno… pero… eso es… ¡privado!

    -Privado, dices. Pero si se te nota en la cara.

    -¿De verdad, se me nota?

    - Pues claro.

    -Espero que ella no se dé cuenta…

    -No te preocupes; sólo me doy cuenta yo, que soy muy vieja y vivida.

    -¿Y tú?

    -Querido Nino; el drama de cumplir años es que el cuerpo envejece, pero el corazón, a veces, no.

    -Pues sí que es dramático.

    -Y tanto. Ama todo lo que puedas, que, si el tiempo te permite llegar a mi edad, un día te verás como yo, sentado con los huesos doloridos, sin posibilidad de más.

    -¿Conociste a mi abuelo cuando era joven?

    -Y tanto que lo conocí. Me parece estar viéndolo ahí en la playa del Berbés, con el torso desnudo, como un coloso; mientras los demás llevaban una caja o un barril, él llevaba dos, uno en cada hombro. Era un portento de la naturaleza.

    -¡Caray; cómo me gustaría haberlo conocido así, joven!

    -Bueno, aún se conserva bastante bien. Otros de su edad, o están en el camposanto o andan encorvados y renqueantes. Pero, lo que más me ha admirado siempre de Timón es su nobleza; la lealtad hacia su gente. Por eso todos lo respetaban y siguen respetando. Bueno, por eso, y porque tenía una fuerza descomunal. Pequeño Nino, los grandes hombres suelen ser nobles. Eso no quiere decir que los malos no tengan cualidades. Lamentablemente, más de un malo es demasiado listo. Pero hay algo en la gente como Timón difícil de explicar. Gente por otro lado que escasea mucho.

    -Adela, ¿tú tienes miedo a morir?

    -¿Por qué? No.

    -Porque, al ser vieja ya estás más cerca de la muerte.

    -Bueno, nunca sabemos lo cerca que estamos de la muerte. Una vez naces, puedes morir en cualquier momento.

    -Eso es verdad.

    -¿Has visto brillar el plumaje de un cuervo bajo los rayos del sol? No hay nada más bello ni más siniestro, pequeño Nino.

    -La Bruja de Samil dice que manda sobre ellos y sobre otros animales del bosque.

    -Aléjate de esa mujer. Desde que tengo uso de razón la recuerdo así, joven y bella. Cuando de moza iba a la playa de Samil, la veía observándonos desde la atalaya cercana a la desembocadura del río Lagares; seria, con sus cabellos rubios al viento. Los hombres quedaban fascinados; pero ninguno se atrevía a decirle nada.

    -Algunos jóvenes de la villa presumen de haber yacido con ella.

    -No hagas caso a lo que dicen los hombres, y menos cuando están en grupo; la mayoría suelen fardar más de la cuenta. Ya sabes, a cabra sempre tira ao monte. Hablan de la mujer como carne. Parece que no tuviesen madre, abuelas o hermanas. Respeto, Nino. Debes respetar a las mujeres. Mira esas pescantinas con sus patelas llenas de peixe; fuertes, sabedoras de su oficio; y qué me dices de aquellas, sentadas en la húmeda piedra, que pasan las horas reparando las redes; y esas otras mariscadoras. ¿Qué sería del sustento de la villa sin esas mujeres? Y no te olvides de las que trabajan las tierras.

    -Yo sé, Adela, que las mujeres son muy importantes. Siempre las respeto. Mi madre María me ha enseñado a ser cuidadoso con las mujeres.

    -Además, Nino, piensa que un día conocerás a una mujer y formarás una familia. Si la respetas, la tienes en valor y cuidas la relación; serás feliz y tendrás una vida divertida y plena. 

    ¿Pero qué te pasa? ¿Estás colorado? Tú ya le has echado el ojo a alguna. No quieres hablar de ello. Tranquilo. Eres todavía muy joven. Eres un chaval inteligente. Aprovecha la vida.

    Adela quedó un buen rato en silencio; como meditando. Después, su voz sonó profunda y misteriosa.

    -Hoy he visto el alcatraz. Como todas las primaveras vuela hacia el Norte. Cuando llegue el otoño lo volverá a hacer hacia el Sur.

    Nino no dejaba de asombrarse contemplando aquella anciana tan observadora, envuelta en su negra toquilla y pañoleta, a la que apenas le se veía la nariz afilada, los diminutos ojos y un mechón de cabellos grises cayendo sobre la arrugada frente.

    -Las tórtolas han llegado. Es tiempo de amores.

    Adela pasaba los días observando las aves. “En ellas –decía- está el futuro”. Lo cierto es que nadie le hacía mucho caso. Sólo Nino la escuchaba en silencio.

    El plumaje negro de un gigantesco cuervo adquiría destellos metálicos en el atardecer del muelle. Disputaba los restos de pescado a una gaviota. Una numerosa bandada de cuervos sobrevolaba la zona.

    -Este año, pequeño Nino, os corvos son más que nunca. Mal presagio. Sus fuertes picos quieren destronar a las gaviotas de su feudo.

    Las siniestras y premonitorias palabras de la anciana provocaron en Nino un desasosiego creciente. La mujer giró con lentitud la cabeza y clavó los pequeños ojos grises en el muchacho.

    -Presta mucha atención, porque las gráciles lavanderas han dejado de verse por las orillas del mar y las golondrinas no han llegado para criar esta primavera bajo los tejados de las iglesias. Algo muy duro va a suceder, y tú serás testigo de ello. Cuida el pellejo. Algún día la historia hablará de este pueblo. Los días que vienen serán duros; muy duros.

    Adela extendió con lentitud el brazo y, con la mano castigada por la artrosis, acarició la mejilla de Nino. Después continuó mirando al cielo.

     

Imagen de principios del siglo XXI. 
Vestigios de las casas marineras y los soportales del barrio del Berbés.
 


AQUEL VIGO LEJANO - I - EN LA VILLA DE VIGO -CAPITULO IV - UNA FAMILIA DE LABRADORES - ARMANDO

    CAPÍTULO   IV   UNA FAMILIA DE LABRADORES   ARMANDO     “En una tierra madre que mira al mar, los humildes viven aje...